Niño recibe en Reyes un concepto metafísico y se pasa al empirismo

Foto del niño tras desenvolver su regalo de Reyes

Unos padres de Zamora totalmente desolados tras conocer que su hijo ha decidido pasarse al empirismo tras sentirse bastante defraudado con el regalo de los Reyes Magos.

Aunque la mañana posterior a la noche de Reyes nos suele ofrecer siempre imágenes de niños alegres e ilusionados abriendo sus regalos, este año la tristeza y el desamparo han tintado el hogar de Felisa y Braulio, un matrimonio de Villalpando, dedicados a la cría de cerdos y la traducción de las obras de Heidegger.

«Este año quisimos gastarnos un poco más en los regalos de Reyes», nos comenta la madre, «Sabíamos que lo fácil era comprar un concepto marxista sobre la dialéctica antropológica porque es el regalo estrella de las navidades», añade el padre, «pero habíamos ahorrado para traer un concepto metafísico de gran pureza, no uno de esos fabricados en China». Son una familia humilde como atestigua el hecho de que su único medio de calefacción consiste en abofetearse al cruzarse por el pasillo de la casa.

«Cuando desenvolvió y abrió la caja, ya vimos en la carita de nuestro hijo que no le gustaba aunque disimuló y jugó un rato en un rincón montando ideas inconexas sobre la gnosis y el demiurgo», nos relata Felisa mientras me abofetea sin dejar de gimotear. «Lo que no esperábamos es que, horas más tarde, se declarara partidario del empirismo, específicamente de la corriente de Hume, sabiendo que aquí en el pueblo somos más de Platón», añade Braulio quien también se interesa por abofetearme.

Fotografía del niño jugando de forma apática con su concepto metafísico

«Creemos que está muy enfadado, lo hace para llamar la atención, ya pasó por un episodio kantiano en las vísperas de su cumpleaños y se empeñó en apagar las velas orinando la tarta», murmura la madre, «En esto ha salido a la familia de mi marido». Desde la habitación podemos escuchar al niño gritando contra el Ser entendido como proyección de la Causa Primera. Resulta desolador. «Yo he intentado razonar con él, aportándole sólidas argumentaciones socráticas o recordándole más a menudo que es muy gilipollas», concluye el padre tras soltarme otra sonora bofetada.

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