Zsolt Kövér, el escritor intrascendente.

A raíz de la reciente publicación de “Relatos incómodos“, he recibido numerosas consultas de los lectores interesándose por mis influencias literarias y la medicación psiquiátrica. Dado que las propias características de un blog no están diseñadas para largas y aburridas exposiciones pedantes, permítanme centrarme en la figura del autor cuya obra ha calado más inténsamente en mi alma creativa: Zsolt Kövér Gömbös .

Curiosamente tuve conocimiento sobre el citado escritor gracias a Volodímir Kirilenko, prologista de los prólogos de mi libro, quien le mencionó de forma histérica durante una de nuestras habituales tertulias en la Univeridad sobre la filosofía política de Europa oriental y su relación con la costumbre de echar picatostes en el gazpacho. Mi interés por Zsolt Kövér derivó en una pasión obsesiva y enfermiza que me llevó a abandonarlo todo para dedicarme a investigar su biografía casi una mañana entera, con una breve pausa de 3 horas para almorzar y arrojar cacahuetes a una pareja de ecologistas.

En primer plano, Aneska a sus 15 años, madre de Zsolt.

Corrían famélicos los primeros años del siglo XX en Hungría, cuando Zsolt Kövér nació a muy temprana edad, cerca de la ciudad de Székesfehérvár en el coseno de una humilde familia de agricultores de origen judío-eslovaco-zaragozano. Su padre, Míklos Kövér Szálasi, había emigrado una década antes desde el lago Balaton llevando consigo a su esposa (Aneska Gömbös), a sus 6 hijos, a los 2 hijos de un vecino y a un vendedor de arenques que empezó a darle palique en Siófok y al que no consiguió despistar hasta llegar a Dombóvar.

En un país sometido bajo un anacrónico gobierno monárquico, el hambre y las penurias forjaron el carácter estóico y optimista del pequeño Zsolt, que luego proyectaría en su primera obra poética de adolescencia “El asco existencial: pensamientos suicidas mientras ceno algarrobas, otra vez”. Fue un niño sagaz y travieso que sobresalió pronto en el colegio: a los 8 años ya era capaz de distinguir sin margen de error entre el mordisco de una rata rabiosa y el de una comadreja. Su madre, una mujer radicalmente influenciada por el catolicismo ortodoxo hasta el punto de que no permitía que nadie se pusiera a su espalda, ofreció el cariño y la protección que el escuálido Zsolt no encontró en su tiránico padre, el cual, llevado por la locura, le obligaba a leer las obras de Edmund Gustav Albrecht Husser en una edición polaca plagada de errores de traducción.

Zsolt con tan sólo 7 años, en su primer día de trabajo como caballo.

La violenta muerte de su querido hermanito Dóme al ser arañado levemente por su hermana Margit, marcó a nuestro protagonista tan hondo que esa noche no pudo terminarse todas las algarrobas. En sus diarios personales reflejó este episodio con unos escalofriantes versos:

La mortecina luz del candil proyecta sombras
como tambores patrios de guerra lejana
o la cosa esa que por fuera es metálica y hace un ruido
un ruido tal que "crecht, proump, crecht, proump"
ahora mismo no recuerdo el nombre exacto
trayendo la muerte por infección vírica...
El señor carnicero Darányi de Pusztaszentgyörgy
esta tarde tenía en el mostrador salchichas
qué buena pinta tenían, la verdad.
Vista de la plaza principal de Székesfehérvár durante un bombardeo alemán.

Muchas décadas más tarde, Zsolt recopilaría sus recuerdos familiares y reflexiones políticas en el ensayo “Recetas caseras de Töltött Káposzta para una revisión freudiana sobre el Tratado de Trianon”. Aunque el autor intentó desesperadamente que el libro tuviera éxito como obra póstuma, cayó en una profunda depresión por la decepción al enterarse de que para ello era necesario que estuviera muerto previamente. Hastiado del mundo literario, se refugió en sus raíces judías, por lo que se alistó con fervor en el Partido de la Cruz Flechada. Meses después le explicaron que “anti” no significaba “antes” sino “en contra de”, por lo que abandonó disimuladamente este movimiento de ideología nazi.

El rugido de los panzers comenzaba entonces a romper la placidez de las verdes praderas húngaras y Zsolt Kövér fue llamado a filas, aunque intentó librarse alegando una terrible alergia al plomo de las balas. Pero este determinante episodio se desgranará en un próximo capítulo…

Capítulo 2:

Zsolt Kövér en guerra

Dados sus conocimientos en literatura, la resistencia húngara incorporó a Zsolt a la división de corrección ortográfica en la sección de criptografía, un departamento clave en todos los servicios de espionaje de la 2ª Guerra Mundial. La trascedencia de este departamento quedó patente en varios mensajes interceptados al ejército alemán en el frente ruso, en los que codificaron “atacar” como “atrancar”; tal error de sintásis provocó jocosas chanzas y chistes por parte de las tropas comunistas, lo que acabó minando la moral de los soldados hitlerianos en el sitio de Stalingrado hasta provocar paulatinamente su rendición por vergüenza y oprobio.

Imagen del temido III Regimiento de Intervención Rápida en Gramática de la Panzertruppe

Zsolt Kóvér estuvo bajo el mando del especialista en filología sánscrita y peluquero Zoltan Y. Springer, padre del doctor John R. Springer, de quien hablamos en el libro “Relatos Incómodos” en el capítulo “Introducción al amor en las redes sociales”. En una emotiva carta enviada desde el frente a su mujer, Zoltan se refiere a nuestro protagonista en varías líneas:


Mi querida Timea:

Antes de nada, espero que estés mejor de ese salpullido purulento en el sobaco que, con tanto detalle, me describiste en 6 de las 7 páginas de tu última misiva. Nuestra situación en el frente ha mejorado considerablemente: tras el fallecimiento de casi la mitad de los soldados de nuestro batallón en un improvisado ataque con saliva contra una columna de blindados, ahora ya no sufrimos racionamiento en la distribución de ratas para desayunar. Esta mañana nuestro épico general Gusztáv Vitéz nos ha trasladado en una alentadora arrenga su absoluta confianza en la inmediata victoria contra la plaga germánica. Esta tarde lo he visto marcharse apresuradamente a Tailandia para acelerar unos temas familiares según me ha explicado, pero piensa sacrificar su vida en la contienda desde allí en cuanto pueda. Es increíble la fortaleza de este hombre.

Las noches resultan insoportables lejos de casa. Añoro nuestros paseos cogidos de las manos en las muy calurosas tardes de agosto junto al puerto cerca del depósito de tripas de pescado. Te echo tanto de menos… He de confesarte que me consuelo demasidas veces con esa fotografía tuya bañándote vestida en el lago Neusiedl en la que aparece tu padre desnudo en primer plano. ¿Sigue en tan buena forma física? Deseo que sí.

He trabado una especial amistad con Zsolt Kövér Gömbös, a quien por méritos propios considero mi mejor recluta. Ayer tuvo un comportamiento heróico cuando el teniente Zsiga quedó atrapado en el centro de un campo de minas que él mismo estaba colocando; sin pensárselo dos veces, Zsolt salió presto en su ayuda corrigiéndole el uso inadecuado del infinitivo en los verbos imperativos insertos durante sus gritos de socorro. Aunque Zsiga falleció tras ser picado por una avispa, la Real Academia Soviética de la Lengua y Gestión de Gulags de Budapest ha condecorado a Zsolt con un ejemplar de la edición de bolsillo del Dicionario y la posibilidad de salvar de Siberia a uno de sus familiares.

Creo que Zsolt llegará a convertirse en un gran escritor en cuanto supere su miedo al folio en blanco: por ahora no puede pasar por delante de ninguna papelería o imprenta sin sufrir convulsiones. La semana pasada casi asesina con la escobilla del váter al cabo Antal Rogán cuando éste le pasó el rollo de papel higiénico. Algunas madrugadas le escucho llorar en sueños mencionando a su hermano Dóme y salchichas. Luego se acurruca a mis pies. Sinceramente me provoca miedo este tipo.

Te adjunto foto reciente mía para que compruebes que estoy bien de salud, y también puedas ponerla en casa si celebráis mi vigésimo cumpleaños. Te quiero. Por favor, no olvides saludar a tu padre de mi parte. Dale mi foto si no te importa.


En el mes de octubre de 1944, Zsolt Kövér tuvo que marchar a su pueblo natal para celebrar el entierro de su madre, que había muerto 3 años antes accidentalmente al pegarse un tiro. Allí encontró un paisaje de destrucción y dolor, la mayoría de sus seres queridos habían fallecido y también algunas de sus gallinas. Los escasos habitantes languidecían bajo el sangriendo peso de la dominación alemana que, incluso, separó en guetos a los ciudadanos no partidarios de tocar el acordeón. Sin embargo, Zsolt disfrutó la experencia que le cambiaría espiritualmente cuando encontró malviviendo entre los escombros al filósofo Martin Heidegger, quien había venido a Hungría para documentarse sobre su próximo libro “La fenomenología del espíritu de Hegel y su afectación en el cultivo de patatas de freír”. De todo esto hablaremos en un próximo capítulo…

Capítulo 3:

El Ser y la cosa blanda

Vivir con el pensador alemán Martin Heiddeger no siempre resultó una experiencia agradable para nuestro protagonista. A las durísimas penurias propias de un periodo de entreguerras, Zsolt tuvo que añadir las insólitas manías del filósofo en los quehaceres cotidianos como su obcecación por caminar a cuatro patas ataviado con un mugriento traje de novia o comer berzas usando únicamente los pies de otra persona. No obstante, todas estas incomodidades quedaban anuladas ante el privilegio de contemplar en primera fila el proceso reflexivo de Martin Heiddeger mediante el cual construía una completa estructura de razonamientos revolucionarios. La fecundidad de sus facultades mentales para parir entelequias, silogismos o dogmas era tal que pronto tuvieron serios problemas para almacenarlos en el hoyo escavado junto a una colina donde ambos personajes subsistían. La falta de espacio y el mal olor de ciertas ideas escolásticas forzaron no sexualmente a Zsolt para terminar montando un puesto ambulante, en el cual malvendía conceptos metafísicos durante el mercado dominical de verdura fresca y verdades maduras de Praga.

Típico puesto de bacalao y cábalas regentado por socráticos no circuncidados

La salud del filósofo comenzó a empeorar seriamente en el inverno de 1946 tras recibir un fuerte puñetazo en el coxis por parte de un tabernero que se oponía a su aseveración sobre la dependencia explícita del Ser respecto a entidades ajenas a sí mismo o porque ya le adeudaba casi mil florines en aguardiente, nunca quedó muy claro el motivo. Aunque Zsolt intentó recaudar dinero para ingresar a su amigo en un sanatorio, su vodevil existencialista “Hitler en la ducha gaseosa” no recibió buenas críticas tras su estreno en las fiestas navideñas del Orfanato Sionista de Kecskemét. En un ataque de ira, Zsolt destruyó todos los ejemplares de su manuscrito en una brillante pila, aunque también se quemó accidentalmente las cejas por lo que, durante varias semanas, ningún crítico le tomó demasiado en serio cuando se enfadaba en las tertulias literarias. Por fin, tras vender casi medio kilo de su vello púbico, Zsolt pudo pagar el viaje de vuelta a Heiddeger para que éste descansara en su Messkirch natal, al cuidado de su tía abuela Bettina Hoss que había fallecido 10 años antes.

Las actrices Lili Tóröcski y Steffi Rókk como Goebbels y Himmler en una escena de la obra teatral de Zsolt

Es fácil rastrear en casi todos los libros de Heiddeger la influencia de las experiencias vividas al lado de Zsolt. En su obra cumbre “La hermenéutica de la gnosis: gestación ontológica y su posible relación con este persistente dolor de cabeza”, la figura de Prometeo nos retrotrae, sin duda, a nuestro protagonista cuando, en una emotiva exposición dialogada ante un inodoro, rebate la rigidez epicéntrica de la voluntad kantiana lamiendo irónicamente los pezones de Voltaire. Incluso en su polémico ensayo “Los 100 mejores chistes picantes sobre Nietzsche”, Zsolt aparece trasmutado como el Sigfrido wagneriano en la violenta escena en la que asesina a Hamlet atizándole con un calamar seco mientras redecora su biblioteca. No obstante, habrá de pasar al menos otros 4 años para que Zsolt alcanzara cierto renombre en la escena artística berlinesa a consecuencia de una bochornosa confusión con la madre de Stalin, anécdota que detallaremos en un próximo capítulo.

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